La inmediatez

“Lo que causa malestar es estar en el presente queriendo estar en el futuro”

Eckart Tolle

El tiempo es gran tesoro, no en vano, lo que hacemos con él, en qué lo invertimos y a qué lo dedicamos define nuestra existencia. Lamentablemente, hoy en día siempre queremos terminar antes. Somos adictos a correr, nos vuelve locos la adrenalina, corre, corre y corre…todo el día a mil por hora, cuando todos corren tú también acabas enganchado a ese ritmo. Pero este afán por no perder ni un solo segundo acarrea  efectos secundarios. Entre ellos, destacan la prisa y la impaciencia, dos palabras que protagonizan la vida diaria de miles de personas.

La prisa rige nuestra vida con mano de hierro. Nos impone la presión de que todo se debe hacer de una determinada manera y en un limitado marco de tiempo. Bajo su embrujo, las horas del día parecen no ser suficientes para cumplir con nuestras obligaciones laborales y nuestras responsabilidades familiares. Su único objetivo es transformar nuestra existencia en una carrera de máxima velocidad sin tregua ni fin. Al igual que un virus, resulta extremadamente contagiosa y de lo más dañina. Las prisas son malas consejeras, hacen que cometamos errores, accidentes…

Por si fuera poco, suele ir de la mano de la tóxica impaciencia. Un veneno que resulta letal para nuestro bienestar, nuestra capacidad de relativizar y nuestro buen humor. Bajo su influencia, perseguimos la gratificación instantánea sin tener en cuenta las repercusiones que ello puede tener sobre los demás y sobre nuestra propia vida. Cuando cedemos a sus dictados buscamos resultados inmediatos, y perdemos interés en esforzarnos para conseguir metas a largo plazo.

Ambas limitan sobremanera nuestra tolerancia a la frustración. Y nos llevan a la reactividad y a la precipitación, convirtiéndonos en esclavos de la insatisfacción, el estrés y la ansiedad. La presión y la sensación de agobio nos hacen tomar decisiones con el piloto automático, sin tiempo para planificar o prever. Al final de la jornada estamos agotados y sin una pizca de energía. Como consecuencia de esta cultura de la inmediatez, abocada al ‘hacer’ y al ‘tener’, apenas nos queda tiempo para ‘ser’. Y esta realidad todavía se ve más acentuada debido al avance imparable de las nuevas tecnologías y la presencia de las pantallas como un nuevo elemento indispensable en nuestra vida. Cada vez estamos más enchufados a una realidad virtual en la que nuestros deseos de inmediatez se multiplican. Y lo cierto es que ya nadie pone en duda de que esta actividad frenética merma nuestra salud física y emocional, la dopamina nos tiene adictos al corto plazo, a la recompensa del ahora, al subidón.

La paciencia ha dejado de ser una virtud, ahora la impaciencia es algo habitual.

Esto lo hemos generado entre todos, no podemos poner la excusa de que es la sociedad, la política…la cultura la creamos entre todos. Comenzando en casa, con la educación. Cuando nuestros hijos patalean porque no tienen lo que quieren lo que habitualmente hacemos para que se callen y que no nos amarguen el día es darle su capricho.

Ya les hemos enseñado cómo con rabieta, pataleta, chantaje emocional…pueden conseguir lo que quieren sin esfuerzo, y al minuto.

Pero lo que pone de manifiesto el aburrimiento, la impaciencia y la necesidad de tenerlo todo ‘para antesdeayer’ es nuestra desconexión interna. En este contexto, el concepto ‘esperar’ adquiere una connotación negativa, vinculada a momentos irritantes, de exasperación y desesperación. De ahí nuestra tendencia a huir del momento presente. Sin embargo, la ‘espera’ es la que nos acompaña durante toda transición. Podemos vivirla como un tormento o tratar de gestionarla de la manera más efectiva posible. Y eso supone aprender a apreciar la oportunidad que nos brinda: dejar de vivir como víctimas de nuestros impulsos y empezar a cultivar la constancia y la paciencia.

Tal vez nos ayude preguntarnos: ¿Qué le falta a este momento para que sea completo? Si nuestro objetivo último es ‘no perder el tiempo’, ¿qué ganamos dedicándolo a quejarnos por lo lento que va todo, o a verbalizar nuestro malestar a diestro y siniestro? “Date prisa, que llegamos tarde”. “Lo necesito para ahora mismo”. “No soporto que me hagan esperar”… Lo cierto es que la prisa y la impaciencia no sirven para nada. Las cosas van a seguir yendo a su ritmo, por más que tratemos de que se adapten a nuestro exigente guión, marcado por la cultura de la inmediatez.

Aquí algunos casos de la inmediatez que nos sobrepasa todos los días, esa que llega a incomodarnos e incluso a crear disputas: •Enviar un whatsapp y no contestarlo al minuto. Más delito si estás en línea.No contestar un email al momento.Hacer un pedido en una tienda online y tenerlo al día siguiente en casa.No contestar una llamada.Tardar unos minutos en descargar un archivo en el ordenador.Pedir la comida en el restaurante y que tarden en servirla.El informe de mil páginas en 1 día.

La fuerza de voluntad es un músculo que se puede entrenar. Es lo que nos permite romper nuestros hábitos y ganar en perspectiva. La satisfacción profunda y auténtica que nace del esfuerzo, la constancia y la consecución de nuestras metas, sueños y objetivos a largo plazo. Pero una vez nos vemos atrapados por la inercia de la prisa y la impaciencia resulta muy difícil escapar. Y en el proceso, nos perdemos muchísimas cosas. Es como ir de excursión a la montaña y mantener los ojos siempre fijos en la tierra del camino. Llegaremos a nuestro destino, pero no habremos disfrutado de la belleza del paisaje durante el trayecto. A menudo olvidamos que la espera puede resultar dulce, y cuenta con su propio paquete de beneficios. Incluso logra hacernos valorar más cuando llega el momento deseado.

Al no dedicarnos tiempo a nosotros mismos, no nos damos la oportunidad de asumir y asentar la gran cantidad de experiencias que acumulamos cada día. Romper este círculo vicioso pasa por cuestionar nuestra necesidad de tenerlo todo cuanto antes, y en abarcar el máximo de actividades posibles en el mínimo espacio de tiempo.

De ahí la importancia de cultivar el arte perdido de la paciencia. Cada vez que nos sentimos impacientes, ocasionándonos malestar, estamos dando por hecho que nuestra felicidad no se encuentra en este preciso momento. Esta sensación actúa como un indicador que nos avisa de que no estamos a gusto con nosotros mismos. Si lo estuviéramos, no tendríamos ninguna prisa en que cualquier otra persona, cosa o situación avanzara a una velocidad mayor de la que lo está haciendo. Seríamos conscientes de que esa actitud no sirve para acelerar el ritmo de lo que nos sucede. Eso sí, adoptar esta actitud más constructiva es necesario que nos recordemos de vez en cuando que todos los procesos que conforman nuestra vida tienen su particular tempo. Y que todo lo que necesitamos para ser felices se encuentra en este preciso instante y en este preciso lugar.

¿Quieres seguir así o prefieres probar otra forma de vivir?

Disfrutar de un atardecer es posible, ¡tu eliges!

Salud mental es Belleza

Top Stylist

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

*